Desde que vivo aquí, me enfrento a las eternas preguntas: ¿Por qué Berlín? ¿Qué te trajo a este destino? ¿Cuánto tiempo llevas en la ciudad? ¿Te quedas? Para contestar a estas cuestiones de forma airosa e intentando no ahondar demasiado en historias personales (en realidad, todas lo son), aprendí con la experiencia a dar unas respuestas estereotipadas que tratan de dejar satisfechas a los y las interlocutoras, dependiendo de la ocasión.
Vine por amor. Esa es la contestación más aplaudida. Aunque después aparecen las miradas inquisitivas queriendo saber si la historia amorosa perdura o es agua pasada. Estoy aquí por motivos laborales. Entonces viene el clásico a qué te dedicas. Llegué arrastrada por la crisis. Ese es el motivo que muchos quieren oír. Estos años atrás me han preguntado insistentemente, casi en tono afirmativo, si había emigrado por la coyuntura económica de mi país de origen. Al principio, la pregunta me incomodaba, pero terminé contando que la falta de oportunidades y el descalabro financiero me habían forzado a migrar. La verdad de todas esas respuestas es tan ficticia como son todas las verdades. Es tan frágil como los veranos aquí.
Lo cierto es que, si bien no era mi plan inicial, llevo más de nueve años viviendo en Berlín. Me costó aprender a amar a esta urbe y quererla como es, o al menos como yo la siento. Más importante que por qué vine es por qué me quedé. Si ahora me lo preguntan, esto les diría.
Me quedé porque me encanta caminar por las calles de Kreuzberg y escuchar sus idiomas. Me gusta ser parte de su estilo ochentoso imperecedero. Y la tienda de la esquina de mi casa armada con materiales reciclados. Y el olor a café que desprende. Me encanta encontrar parques infantiles a cada paso. Y las excursiones urbanas de grupitos de kitas. Y mis vecinas punk que reciclan. El pacto entre lo nuevo y lo viejo. Ir al supermercado y poder comprar frutas y verduras sin plásticos. Y que consumir de segunda mano sea un acto cotidiano. Los huertos urbanos. Y los proyectos sociales financiados por el estado. Los espacios feministas que habito. Y la diversidad de mujeres* que conozco. Me quedé porque me encanta mirar por la ventana y ver cien mil hojas de enredadera subiendo por la pared. Y el árbol del patio trasero que acompaña todas las estaciones. Escuchar las melodías de piano del edificio de al lado. Y las cristaleras de colores de la filarmónica. El Gropius Bau. Y las partes devastadas del muro. Mirar las hileras de bicicletas que transitan. Recorrer el canal una y otra vez. Cruzar Warschauer y ser parte de su marea humana. Contemplar el infinito desde Oberbaumbrücke y mientras tanto pensar en no pensar en nada. Todo esto les diría.