“El problema de los que oprimen Fray Petro, no es la opresión en sí, es la subestimación que hacen del oprimido”, Yolanda Arroyo Pizarro (Las Negras)
En este ensayo defiendo la idea de que la colonialidad es parte intrínseca del proyecto europeo de modernidad, tal y como afirman Castro Gómez y Quijano, y no una fase posterior de la modernidad. A su vez, “modernidad y colonialidad son fenómenos coexistentes y mutuamente dependientes al interior del sistema capitalista mundial”[1], que necesita de los “nuevos” territorios conquistados y de sus poblaciones para su propia expansión y crecimiento.
El proyecto modernidad-colonialidad se construye a partir de la aparición de la categoría de “raza”, y en él se define lo que es humano y lo que es naturaleza. Es la primera vez en la historia de la humanidad en que se realiza tal distinción y esta comienza con la expansión europea y la invansión (genocidio) de América en el 1492. Desde entonces y con el desarrollo de las ciencias humanas y sociales en los siglos XVIII y XIX en Europa, triunfa la idea de conocimiento científico que busca descomponer la realidad en fragmentos para después dominarla[2].
En efecto, con la modernidad y la ciencia moderna aparece un nuevo paradigma de conocimiento que invalida todos los demás saberes que no pueden ser comprobados con métodos científicos. Es la propia ciencia ilustrada la que determina dichos métodos (analítico-experimentales), la que se denomina a sí misma como “objetiva”, “universal” e “incontaminada” y la que decide qué es conocimiento y qué no lo es. De esta manera, Europa se proclama el centro de producción de conocimiento, lo que se denominará eurocentrismo, legitimando así la dominación y explotación de recursos y de pueblos de las colonias. Dicho de otra forma, Europa se atribuye a sí misma la autoridad máxima de conocimiento.
Solo quienes poseen la capacidad de generar dicho conocimiento científico tendrán la capacidad de evolucionar. Europa se presenta como la civilización más avanzada respecto a otros pueblos. Se mide jerárquicamente con otras poblaciones y culturas para establecer el perverso veredicto de que Europa es superior y el resto es inferior. Europa es civilizada, democrática y el resto de pueblos son bárbaros, están atrasados, son salvajes, su conocimiento está contaminado porque su mirada no es capaz de abstraerse de su experiencia corporal[3]. Esa estratégica epistémica de dominio es la que se denomina colonialidad. Esta se basa, según Aníbal Quijano, en “la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular del patrón mundial de poder capitalista y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal.”[4] Como vemos, las relaciones de poder se fundamentan entonces en la categoría “raza”.
Si bien la categorización de “raza” se “naturaliza”, y de ahí el peligro, es un constructo social que inventa la clasificación de los seres humanos con el fin de dominar a las poblaciones colonizadas y sus recursos.. La categoría "raza" es una ficción, en ningún caso se basa en atributos biológicos diferenciales. Sino que asegura la explotación y dominación de los pueblos colonizados en función del trabajo y sus productos; la “naturaleza” y los recursos de producción; el sexo, sus productos y el control por la reproducción; la subjetividad y sus productos, materiales e intersubjetivos, incluido el conocimiento; y la autoridad y sus instrumentos, en particular la coerción para asegurar la reproducción de ese patrón de relaciones sociales[5]
Iris Vera Utrilla, Serie "Danza-Líneas" (carboncillo sobre papel)
La categoría ficcionada “raza” ordena el sistema-mundo en identidades raciales y racializa a los sujetos no-blancos, no-europeos. Es decir, atribuye a las personas no-blancas características de atraso, salvajismo, ignorancia… Se deshumaniza a los grupos racializados (negros/as, indios/as, mestizos/as: todas ellas denominaciones de nomenclatura racista que imponen los sujetos blancos colonizadores ). Se establece que las personas racializadas están más cerca de la naturaleza que los/as europeos/as[6]. El origen de este pensamiento racista aparece con la conquista de América, momento en que los colonizadores se cuestionan si los habitantes originarios de Abya Yala son seres humanos o no, si es que acaso tienen “alma”. Desde entonces las prácticas sociales de poder y las relaciones intersubjetivas han estado y están marcadas por la idea de superioridad europea-blanca estructural e inferioridad de los no-europeos. Se implanta la idea, reproducida hasta nuestros días, de que “las diferencias culturales están asociadas a tales desigualdades biológicas y que no son, por lo tanto, producto de la historia de las relaciones entre las gentes y de estas con el resto del universo”[7].
Se construye así el centro colonial y la periferia colonial: unos son los colonizadores, los otros los sujetos colonizados; unos poseen el privilegio de definir al resto, los otros se ven obligados a ser definidos; unos oprimen, los otros son oprimidos; unos se presentan como seres superiores, el resto son presentados como inferiores. Este juego de dualidades no es inocente, pues los sujetos que marcan al resto como “los otros” ejercen un poder violento y de dominación nunca cuestionado desde el propio centro colonial. Es desde la periferia el lugar desde donde se cuestiona el poder colonial opresivo y que ordena el sistema-mundo actual. Es desde los llamados márgenes desde donde se crean alternativas de pensamiento con el fin de descolonizar los sujetos y naciones con una larga historia de colonización.
Por lo tanto, entendemos el racismo como fenómeno social sustantivo a la modernidad y no como un error del sistema moderno que podría corregirse de forma evolutiva, ya que la propia modernidad posee el atributo de colonialidad como condición sine qua non. Los intereses del capitalismo estriban precisamente en ese ordenamiento del sistema-mundo, dividido en centro y periferia. Esto se traduce en la explotación sistemática de las periferias con el fin de controlar el trabajo y sus productos, sus recursos y productos, y dominar a sus gentes en beneficio del centro.
Iris Vera Utrilla, Serie "Danza-Líneas" (carboncillo sobre papel)
Liberarnos de la omnipresencia de este sistema perverso y opresor no es tarea fácil. Las diferentes propuestas de giro descolonial parten desde la periferia, en un lugar donde se desarrollan las utopías de pensamiento y de resistencia[8]. Desde ahí se elaboran nuevos discursos que desafían el ordenamiento colonial imperante y hegemónico y que nos permiten trabajar con el fin de inventar nuevas propuestas de vida. Partiendo de un pensamiento crítico descolonial, podemos llegar a crear nuevas realidades periféricas que desafíen al centro robándole su monopolio de crear conocimiento. Esto es, descolonizando el engranaje de la colonialidad, mucho más duradera que el propio colonialismo, y los/as sujetos/as que la conforman.
[1] Santiago Castro Gómez, El lado oscuro de la Época Clásica. Filosofía, Ilustración y Colonialidad en el siglo XVIII (p. 119)
[2] Ibíd. 121
[3] Descartes lo denominará “obstáculo epistemológico”
[4] Quijano, A., Colonialidad del poder y Clasificación Social (p. 2)
[5] Ibid (p. 4)
[6] Europa no es ya una zona geográfica, sino como una expresión racial/étnica/cultural de Europa. Ibid (p. 23)
[7] Quijano, A., “Raza”, “Etnia” y “Nación” en Mariátegui (p. 759)
[8] Kilomba, G., Plantation Memories. Episodes of Everyday Racism, "the margin is a location that nourishes our capacity to resist oppression, to transform, and to imagine alternative new worlds and new discourses" (p. 37)
*Este texto lo escribí en 2016 en el marco del seminario virtual "Introducción al análisis del racismo: racismo, razón imperial y modernidad" que imparte Yuderkys Espinosa en la plataforma GLEFAS (Grupo Latinoamericano de Estudio, Formación y Acción Feminista).
BIBLIOGRAFÍA
Castro-Gómez, Santiago (2008), El lado oscuro de la “época clásica”. Filosofía, Ilustración y Colonialidad en el siglo XVIII. En: Pager, Henry; Castro-Gómez, S.; Chukwudi, E.; Mignolo, W. (Comp.). El color de la razón. Buenos Aires: Del Signo. (págs. 119-152).
Kilomba, Grada (2008), Plantation Memories. Episodes of Everyday Racism. Unrast Verlag. (págs. 25-38).
Quijano, Aníbal (2000), Colonialidad del poder y Clasificación Social. Journal of World-Systems Research, VI, 2, Summer/Fall 2000 (págs. 342-386)
Quijano, Aníbal (2014) “Raza”, “etnia” y “nación” en Mariátegui: Cuestiones Abiertas. CLACSO Buenos Aires.